¿Qué regalamos cuando regalamos?

¿Qué regalamos cuando regalamos?

Día del Niño. Y la fecha amerita una reflexión: llenar de regalos a un chico puede ser contraproducente. A mayor cantidad de regalos, mayor quizás pueda ser la alegría de recibirlos, pero eso no hace a la felicidad.

Psp. Ma. Alejandra Canavesio (*)

"—Yo no les voy a pedir nada, porque desde que estamos en cuarentena mis papás trabajan poquito y no tienen mucha plata. Estoy haciendo pasta frola con mi mamá y las vendemos a los que nos encargan. Ella me dijo que con lo que ganemos me va a comprar un regalo para el Día del Niño, pero yo le dije que a lo que ganemos vamos a usarlo para terminar de pagar las cuotas de la tablet que me regalaron para Navidad. (Vanina. 12 años).

—Si mi mamá no me compra la PlayStation 4 Pro ya le dije que me voy a ir a vivir con mi papá, porque no puede ser que Luis la tenga y yo no. Además, mi papá tiene más plata que todos sus amigos porque hace unos días se compró el iPhone XS Max, que no lo tiene nadie. Si me voy a vivir con él, me la compra seguro. Ya me lo dijo. (Nahuel. 11 años)".

En determinadas fechas, hacer regalos a los hijos, nietos, sobrinos y ahijados es casi una obligación, y tan es así que hasta llega a convertirse en un acto sobredimensionado, ya que reciben tantos regalos que acaban reduciendo la situación a un mero abrir paquetes de modo agitado e impulsivo, sin tomar verdadera conciencia de aquello que tienen en las manos.

Atosigar con regalos resulta profundamente contraproducente, porque los niños no aprenden a valorar. A mayor cantidad de regalos, mayor quizás pueda ser la alegría de recibirlos, pero eso no hace a la felicidad e, incluso, esa alegría tiene un tiempo de vencimiento porque es imposible poder disfrutar del uso simultáneo de muchas cosas a la vez. Cada regalo que va más allá de lo que al niño hace falta o necesita es un punto más a favor del aprendizaje de la desvaloración, y en la saturación se sobreestimulan.

Hacer muchos regalos a los hijos suele ser el modo del que muchos padres se valen para suplir el tiempo que no pasan con ellos e, hiperregalándoles, intentan llenar con cosas los vacíos que produce la ausencia. También sucede en padres consentidores, convencidos de que dando a sus hijos todo lo que piden los tienen permanentemente alegres y sin sufrir. Y

también están los padres que, a la hora de hacer regalos a sus hijos, compiten con otros padres en una especie de carrera por ver quién compra el último modelo y lo más caro, porque eso ¿evidencia una buena posición económica? Acaparar una avalancha de cosas transforma a los niños en materialistas, consumistas, quejosos, caprichosos y egoístas, incapaces de

beneficiarse al máximo con aquello que reciben, porque en la acumulación se pierden la atención y la concentración que posibilitan el aprovechamiento para el aprendizaje y, más tarde o más temprano, terminan descontentos y frustrados.

A la hora de hacer regalos es fundamental considerar la relación entre el objeto a comprar y la edad y nivel madurativo del destinatario. Es imprescindible, además, tener en cuenta que cuanto menos haga el juguete, juego o aparato electrónico por sí solo, más hará el cerebro del niño, y que una cosa es que el regalo sea útil para su desarrollo cognitivo, emocional y/o social, y otra, muy distinta, que simplemente responda a un capricho momentáneo.

Un regalo es algo que se da a alguien como muestra de afecto, por lo tanto, debemos trabajar en el logro de que tanto en quien lo da como en quien lo recibe esto sea claro y, entonces, resulte factible que en vez de promover una vida cómoda posibilitemos una vida plena en que eduquemos a nuestros niños forjando el carácter y reafirmando valores.

(*) Psicopedagoga. M.P. N° 279.L.I.F.8.

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