Encontrarse.. para perderse

Encontrarse.. para perderse

Las fiestas son un modo de socializar para divertirse, pero si están mal planeadas y sin supervisión adulta pueden traer consecuencias peligrosas y hasta trágicas.


Psp. Ma.Alejandra Canavesio (*)

 

"A veces acuerdan de modo directo y personal a través de mensajitos por WhatsApp; otras, respondiendo a invitaciones masivas a través de redes sociales; algunas, sabiendo quiénes las organizan y qué personas estarán o es factible que estén; demasiadas, sin tener idea de nada más allá del imperioso deseo de “pasarla bien”, con quién sea, dónde sea, cuándo sea y cómo sea… Van a boliches, salones, playas, quintas o casas particulares… A la vista o en la clandestinidad… Aturdiéndose con alcohol, drogas, música estruendosa, gritos, descontrol, violencia, velocidad, urgencia… La sobriedad y el juicio, “hackeados” … Pura exaltación adrenalínica. Enloquecimiento indiscutible a como dé lugar… Así se entretienen las nuevas generaciones de adolescentes y jóvenes, poniendo casi permanentemente en jaque la vida propia y la ajena porque, en muchas ocasiones, ese descontrol deja de serlo al colisionar directamente con la muerte".

 

Cuando hay organizadores (presentes en el momento o ausentes), suelen plantear que toman todos los recaudos posibles, pero ese "posibles" no necesariamente implica que sean los indispensables ni los suficientes. Mientras tanto, muchas fiestas se transforman en espacios propicios para la desinhibición y se hacen caldo de cultivo para conductas de riesgo, que son las que significan una excitación fisiológica placentera inmediata, pero con resultados indeseables, a corto, mediano o largo plazo.

 

Los jóvenes parecen no imaginar la posibilidad de divertirse sin estar ebrios, drogados, ensordecidos, afónicos o alterados mentalmente por las sustancias que consumen. Es como si no existiera para ellos la posibilidad de un entretenimiento desde la sobriedad, y la tranquilidad, tomando bebidas no alcohólicas, escuchando música sin letras denigrantes, ajenos a la vulgaridad y a la degradación moral, sin la búsqueda permanente de la transgresión y compartiendo actividades placenteras, pero desde lo constructivo. Desvincularse de la sensatez, arriesgándose permanentemente en la naturalización de la atrocidad, es un modo de vivir flirteando con la muerte.

 

Seguimos dejándolos solos… y después, con suerte, cuando sucede alguna desgracia salimos portando estandartes y ondeando banderas con pedidos de justicia… cuando lo justo sería no llegar a ciertas circunstancias porque, previamente, haya habido la presencia adulta que hace falta a la hora de educar en la salud y no en la facilitación que promueva la insanía.

 

Poner límites es un asunto que cabe a los padres, como adultos responsables, tomando decisiones que los lleven a construir hijos pensantes, inteligentes, sensatos, morales, empáticos, solidarios, respetuosos y responsables, que valoren la vida propia y la ajena, por sobre todas las cosas ESTAR… es la mejor forma de acompañarlos.

 

(*) Psicopedagoga. Mat. Nº 279. L.I.F.8.

 

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