No me va a querer

No me va a querer

¿Qué sucede con los adultos?... ¿Acaso tienen hijos, nietos, sobrinos, ahijados o alumnos para satisfacción personal?... ¿Vale decir que eligen o "les toca" ser padres, abuelos, tíos, padrinos y docentes para cubrir necesidades propias?... Porque, si esto es realmente así, estamos ante un problema.


Psp. Ma. Alejandra Canavesio (*)

"Lo he visto en padres, abuelos, tíos, padrinos y docentes. En momentos en que deberían proceder, ante un niño, mostrándole un error o una conducta desacertada, diciéndole ´no´ o marcando un límite, con cierta vergüenza, pero sin poder evitarlo, dicen: ´es que si le digo que lo que hizo está mal… que no debe usar ese juego en la computadora… o que sólo puede ver televisión hasta las 21, no me va a querer´…"

 

Tener un niño a cargo o ser de algún modo responsable de él implica, necesariamente, el posicionamiento desde un rol de adultez madura, que permita la capacidad para accionar con buen juicio y prudencia. Sólo el adulto puede enseñar al niño a discernir y distinguir lo bueno de lo malo, y a eso solamente puede lograrlo con sensatez y cordura.

 

El reconocimiento y aceptación del error son condiciones indispensables para su solución y basamentos para el aprendizaje. No admitir una equivocación es negar la realidad y actuar como si no hubiera sucedido es desfigurarla.

 

Impedir que los hechos se perciban tal cual son o hacer referencia a ellos alterando sus verdaderas circunstancias nada tiene que ver con educar ni formar. Todo lo contrario. Compadecerse porque el hijo, nieto, sobrino, ahijado o alumno cometió un error y no hacérselo notar o no señalar límites por enternecimiento, resultan procederes penosos, en tanto lamentables. La lástima como disparadora de conductas no conduce a buen destino, pero no señalar una equivocación o no decir que "no" por el temor del adulto a perder el afecto del niño es directamente patético. En primer lugar, porque ése no sería precisamente un adulto maduro, capaz de priorizar al niño por sobre sí y, en segundo, porque estaría haciéndole registrar que el afecto es manejable por la razón y a voluntad y, peor aún, negociable.

 

Para desarrollarse plenamente, todo ser humano precisa del amor y sentirse querido, y es en este plano donde debemos considerar al niño, ya que es él quien necesita ser amado y es el adulto quien debe amarlo… en vez de acomodar su proceder ajustándolo para evitar la pérdida del cariño hacia sí.

 

Amar significa que el otro me interese e implica que me importe por él mismo y no por ni para mí. Entonces, cuando un padre, abuelo, tío, padrino o docente teme la pérdida del afecto del niño y "juega a ser bueno", no sólo está engañándolo, sino que no procura su bienestar y mucho menos lo ama porque, a conciencia o no, actúa de acuerdo a sus propias necesidades y conveniencias… haciendo creer que es, al contrario.

 

(*) Psicopedagoga. Mat.Nº279.L.I.F.8.

 

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