Calculadoras en las escuelas: ¿si o no?

Calculadoras en las escuelas: ¿si o no?

¿Está bien que los alumnos usen calculadoras a la hora de ir a clases? ¿Aprenden a razonar igual o no? Esta discusión es de larga data, pero lo cierto es que más allá de un resultado lo más importante es saber el procedimiento para llegar a él. 


 

Stella Ricotti (*)

 

Nuestras ocupaciones y preocupaciones por la educación están, frecuentemente, matizadas por las vivencias que tenemos o tuvimos como madres con hijos en edad escolar. Y cuando las madres somos docentes es casi imposible dejar de cuestionarnos y preguntar a algún especialista qué opina sobre determinada cuestión.

Es por esto que, seguramente, una de mis compañeras de trabajo, profesora de Ciencias Sociales, me preguntó bastante ansiosa: ¿Qué opinas sobre el uso de la calculadora en la escuela primaria? Porque en la escuela de mi hijo… -esto ya es privado y no viene al caso reproducirlo –.

La pregunta que, desde mi erróneo punto de vista suponía que era una cuestión superada y que la duda correspondía a un cuestionamiento de hace una o dos décadas atrás, me movió por un lado a escuchar otras voces, y por otro a releer las reflexiones expresadas por algunos autores de relevancia.

Para escuchar esas otras voces trasladé el interrogante de mi colega inmediatamente y en los mismos términos, tratando de recabar más opiniones, a la mayor cantidad posible de mis allegados, con la sola condición de que fueran madres o padres no docentes. Las expresiones me enriquecieron con relatos de anécdotas, vivencias, opiniones con sentido común y muy claras ya que ven la cosa desde el comportamiento de los chicos de entrecasa, con éxitos y fracasos.

Cuando formulé la pregunta ante un grupo de amigas, sucedió lo que siempre pasa cuando las mujeres abordamos un tema apasionante: hablaron todas juntas, criticaron, recordaron, elogiaron, compararon…y como si fuera poco, nos entendimos y me dieron más argumentos para esta nota. La criteriosa mirada del comportamiento de los hijos, en cuanto a la enseñanza y el aprendizaje del cálculo matemático se refiere, con resultados evidentes de logros y tropiezos, me demuestra con claridad la vigencia del tema, a pesar de mi opinión o la de muchos especialistas.

Ahora sí me animo, después de repasar algunas lecturas, a expresar algunas opiniones al respecto. Pido disculpas de antemano si, para muchos es tema superado…Yo también pensaba lo mismo, antes de que mi colega me inquietara con su pregunta.

Un prejuicio bastante arraigado hace suponer que ser bueno en Matemática es sacar bien las cuentas; si eso fuese cierto, personajes como el del film Rainman, en el que Dustin Hoffman protagoniza a un autista capaz de hacer los cálculos numéricos más complejos, sería un gran matemático. Podemos darnos cuenta de que el personaje es la antítesis de un matemático.

Entonces, ¿dónde se debe apuntar si queremos educar matemáticamente? Al respecto Miguel de Guzmán dice: “Una de las tendencias generales más difundidas hoy consiste en el hincapié de la trasmisión de los procesos de pensamiento propios de la Matemática más bien que en la transferencia de los contenidos. La Matemática es, sobre todo, saber hacer; es una ciencia en la que el método claramente predomina sobre el contenido. Por ello, se concede una gran importancia al estudio de las cuestiones, en buena parte colindantes con la psicología cognitiva, que se refieren a los procesos mentales de la resolución de problemas” (Miguel de Guzmán – 1992).

 

Entender procedimientos es la clave

 

La construcción de los algoritmos debe pasar necesariamente por procesos de descubrimiento de las propiedades de las operaciones. Se requiere tiempo y diversas estrategias para llegar a resultados satisfactorios usando diferentes herramientas para el cálculo: desde palitos, tapitas, los dedos de las manos, el ábaco y hasta la calculadora, pasando por lo que se escribe con lápiz y papel. El uso de cualquier herramienta requiere un determinado nivel de comprensión y profundización del concepto.

Efectuar un cálculo con lápiz y papel o con calculadora, siguiendo mecanismos sin comprender los porqués de las operaciones, es una pérdida del valioso tiempo que se necesita para invertir en la construcción de los conceptos matemáticos.

El cálculo mental, ya sea exacto o estimativo, debe complementar necesariamente el uso de cualquier herramienta. Permitirá que el alumno pueda anticipar resultados y evaluar si lo que obtiene con esa herramienta está entre los valores esperados. Usar una u otra debe quedar a criterio del usuario, según las necesidades y el objetivo del aprendizaje. 

La calculadora puede ser un instrumento que ayude a potenciar los niveles de experimentación con las operaciones y sus propiedades, generando nuevos problemas, con posibilidades de profundización en la comprensión de los conceptos. Resulta entonces que la calculadora debe entrar al aula como un elemento que nos obligue a los docentes a proponer nuevos y más interesantes problemas.

Ya no se trata de discutir sobre la conveniencia o no de su uso, sino de la calidad y del protagonismo que le damos al usarla. “Tenemos que llegar a conseguir que el escolar decida cuándo conviene usarla y cuándo no hace falta; por lo tanto, no se deben tener escondidas, sino accesibles, y provocar su uso (Claudí Alsina – 1999). Los especialistas en educación matemática nos recuerdan frecuentemente que “la escuela debe educar para la vida real y no para un mundo ideal” (Luis Santaló – 1986).

En definitiva, se trata de formar con solidez seres capaces de reconstruir procesos, de explicar y defender los fundamentos de esos procesos. Se trata de educar personas libres y con discernimiento sobre el uso de nuevos elementos que ofrecen los avances tecnológicos. El mundo evoluciona tan rápido en algunos aspectos que nuestro rol de docentes debe estar igualmente preparado para defender y consolidar los valores universales como para promover en nuestros chicos la capacidad de resolver sus propios problemas con creatividad, con el agregado de una buena dosis de valentía y paciencia. Tengamos la certeza de que hay cosas que jamás serán resueltas por una máquina.

 

(*) Docente de Matemáticas, actualmente jubilada.

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