Pobrecito...

Pobrecito...

A los niños siempre hay que hablarles con la verdad. Puede que duela, pero será una vez. La mentira, en cambio, duele siempre.  


Psp. Ma. Alejandra Canavesio (*)

 

“La abuela de Esteban falleció hace dos días, los papás de Lisandro están por separarse en cualquier momento, Mauro y su familia se mudarán de casa en un mes y a Germán van a cambiarlo de escuela ni bien reinicie las clases después de las vacaciones…

El punto en común que tienen estos niños es que ninguno de ellos está al tanto de lo que sucedió, sucede o sucederá (y que los involucra), porque sus padres se han instalado en el tan mentado ‘pobrecito’… que los conduce a silenciarles verdades, sin percatarse de que es el temor el que los mueve a proceder, con una lástima que tampoco se atreven a aceptar como tal…”

 

La enseñanza de que la verdad debe estar presente en todo parece estar en franca decadencia. Queremos hijos que no nos mientan y, sin embargo, les mostramos mentira tras mentira, demasiado a menudo, tanto en cuestiones importantes como en aquellas que aparecen como supuestamente insignificantes… cuando no lo son. Nunca y ninguna de ellas.

El hecho de que los niños sean niños no es licencia para tomarlos por tontos y, ocultarles verdades o mentirles, termina colocándolos en ese sitio.

Cuando el adulto-padre toma alguna decisión que de algún modo afectará “negativamente” al niño-hijo, con frecuencia aparece la conducta culpógena de no decirle o decirle una cosa por otra, por lástima y con tal de que “no sufra”, sin percatarse de que, tarde o temprano, el sufrimiento será mayor porque, al hecho en sí, se le agregará la actitud de haberle mentido.

“¿Cómo voy a decirle que su abuela murió… que su padre y yo vamos a separarnos… que nos mudaremos y no vivirá más en esta casa que tanto le gusta…o… que ya no compartirá sus mañanas con los compañeros de siempre?…” Y yo pregunto: no decirle… ¿revivirá a la abuela, detendrá la separación, suspenderá la mudanza o impedirá el cambio de escuela?... Decirle que la abuela se fue de viaje, que los papás están un poquito peleados, que se irán por un tiempito de la casa o, directamente, el día que reinician las clases llevarlo a una escuela nueva esgrimiendo alguna excusa antes de bajar del auto, ¿conduce a que al niño sea feliz? ¿Deriva en alguna sensación placentera que signifique tranquilidad, seguridad y certeza? ¿Implica algo más que no sea el zafar de un momento por no querer el adulto asumir las consecuencias de la reacción que supone va a tener el niño?... Entonces ¿es realmente a éste a quien se intenta “cuidar” o es el adulto el que “se cuida”, escapándose?…

Evitar que el niño viva situaciones dolorosas cuando no existen para él es una cosa y otra, muy distinta, es negarlas cuando sí son reales, concretas y presentes en su vida.

Alguna vez escuché a alguien (muy sabio por cierto) decir que “la verdad duele una vez y la mentira duele siempre”… y estoy absolutamente de acuerdo. Llamar a las cosas por su nombre… ¿hace que duelan más o simplemente hace que duelan si es que tienen que doler, porque son dolorosas?…

Las experiencias de vida de tinte “negativo” han de ser utilizadas siempre como recursos para que el niño aprenda que cada situación vivida y a vivir implica e implicará procesos de elaboración y duelo que le permitirán la asimilación y acomodación a/de aquello que vive, para conseguir una adecuada adaptación a la realidad. Sabiendo dónde está parado y a qué atenerse, en vez de ser un pobrecito, logrará un comportamiento rico que le permita crecer… de la piel para adentro.

 

(*) Psicopedagoga. M.P. Nº279.L.I.F.8 

 

 

Evitar que el niño viva situaciones dolorosas cuando no existen para él es una cosa y otra, muy distinta, es negarlas cuando sí son reales, concretas y presentes en su vida.

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