NO ES EL PEOR

NO ES EL PEOR

Muchas veces son los propios padres los que tienen una venda en los ojos y no ven o no quieren reconocer ciertas actitudes de sus hijos. Ello porque les resulta más fácil desmentirlas o negarlas que atenderlas.


 

 

Psp. Ma. Alejandra Canavesio (*)

 

“La mamá de Tobías se encogió de hombros y ladeó la cabeza mientras arqueaba los labios hacia abajo, luego de plantearle la preocupación que me habían trasmitido desde la escuela, respecto a la sumatoria de conductas disruptivas en su hijo.

- Bueno, Ale, los chicos ahora juegan así - se excusó.

- ¿A vos te parece que clavar un lápiz en la mano al compañero que no le quiso prestar la goma, empujar a una nena para hacerla caer, escribir con birome la mochila nueva de su compañero de banco, escupir en el ojo a uno de sus mejores amigos porque le ganó en una actividad de Educación Física y hacer ‘fuck you’ a todo aquel adulto que le llama la atención por algo… ¿es un juego?

- Bueno… juego, juego, no… pero tampoco es para tanto, Ale - me dijo, con una expresión que a las claras evidenciaba su irracional falta de conciencia - Después de todo no mató a nadie - Di un respingo al escucharla - Tampoco es para tratarlo como un delincuente. Mi hijo no es el peor, Ale…”

 

Negar es decir que algo no existe, no es verdad o no es como alguien afirma. 

Minimizar o desmentir las conductas inadecuadas de un hijo es un proceder típico de los padres negadores y, en este sentido, se transforma en un mecanismo de defensa que les permite sobrevivir a situaciones negativas y estresantes que no quieren reconocer como tales. El problema surge cuando este modo de proceder se hace costumbre y, entonces, termina convirtiéndose en un modo corriente de comportarse frente a las situaciones que se presentan. Un padre negador, ante una situación en que se le haga ver que su hijo ha hecho algo indebido, no sólo no lo aceptará ni reconocerá sino que echará la culpa a cualquier otro que haya estado involucrado (así se trate de una persona adulta que sea figura de autoridad), intentando liberarlo de cualquier tipo de responsabilidad. Los padres negadores “hacen como si” lo que sucede no sucediera, no fuera malo o, al menos, no tanto y, de este modo, no solamente no solucionan el problema sino que facilitan su agravamiento, además de mostrar a sus hijos un modelo conductual profundamente confuso, ya que no les permite aprender a discernir entre lo que está bien y lo que no lo está.

Por otra parte, como los padres negadores suelen sentirse agredidos cuando se les señala algo respecto a los hijos resulta que también reaccionan agresivamente, impulsados por la rigidez propia de quien no puede flexibilizar en procura de considerar y aceptar distintas miradas, posibilidades y alternativas. Ellos siempre minimizan los hechos, excusan las conductas de sus hijos, convierten en víctima al agresor y, como si todo esto fuera poco, encima se muestran ofendidos.

Tarea fundamental de los padres, a la hora de educar, es enseñar a los hijos que toda conducta tiene una consecuencia a medida de la causa; es decir: un buen comportamiento produce un efecto positivo y uno que no lo es tiene una consecuencia negativa, así como también que es preciso saber hacerse cargo de los propios actos.

Así y todo, el problema surge cuando son los padres los que no diferencian lo que está bien de lo que está mal porque, desde ese lugar, es sumamente improbable que puedan enseñar a sus hijos lo que deberían y, en el caso de que éstos hagan algo incorrecto, eternizarán la excusa y hasta se descargarán agresivamente contra quienes intenten hacerles ver lo contrario. Por esta razón se hace imprescindible la intervención de otros, que cumplan la función de intentar poner luz a la ceguera y hacer porque se entienda que, mientras los padres se instalen en la postura de que su hijo no es el peor, poco podrán hacer por lograr que sea el mejor o, simplemente, alguien bueno capaz de hacer moralmente con honestidad, solidaridad, cordialidad y empatía.

 

(*) Psicopedagoga. M.P. Nº279. L.I.F.8. 

 

 

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