A cualquier hora

A cualquier hora

En los tiempos que corren es preciso entender que los chicos no pueden llevar la vida de un adulto. Los niños deben tener una rutina, un horario para almorzar y cenar, un horario para ir a dormir… no pueden seguir el ritmo de los padres porque, más tarde o más temprano, será contraproducente. 


 

Psp. Ma. Alejandra Canavesio (*)

 

“Almuerzan a las tres de la tarde, duermen la siesta hasta el atardecer, cenan rozando la medianoche y se acuestan a las dos de la mañana. Participan en reuniones de oficina, corretean alrededor de clientes, quedan solos en la casa y, en el mejor de los casos, permanecen a cargo de terceros.

Estos niños, que forman parte de un grupo que crece más y más, son aquellos que viven la vida a la par de la de sus padres, amoldándose a ellos y funcionando casi en la misma frecuencia. Son niños a los que resulta prácticamente imposible registrar e internalizar nociones de orden, organización, método y hábito… porque no los experimentan en su rutina cotidiana”.

 

Que la vida actual es compleja y difícil resulta un hecho indiscutible. Familias ensambladas, trabajos en doble turno, horas extras, desbordes anímicos, problemas laborales arrastrados al hogar… rapidez y urgencia, impulsividad y ceguera, atropello y desconexión al gobierno de nuestras vidas y en medio de todo esto: los hijos. Niños en proceso de desarrollo y formación que crecen como víctimas de un caos que no resulta de ninguna guerra en que manos ajenas hayan hecho estallar bombas, sino de la mecanización de una rutina que los acerca más a ser tomados por objetos que a ser tratados como personas.

Para crecer y desarrollarse saludablemente, el niño debe vivir como niño, con horarios y actividades acordes a su edad, dentro de un orden que los paute y organice, limitándolos en la claridad de atribuciones, deberes y derechos.

Desde muy pequeño, el niño debe comenzar a experimentar que hay actividades propias del día y propias de la noche; que hay tiempos adecuados para comer y otros para dormir; que existe una estructura horaria dentro de la cual conducirse, siguiendo un paso a paso que siempre tiene un sentido determinado; y que todo eso ha de hacerse en tanto niños, independientemente de lo que hagan el papá y la mamá como adultos.

La disposición y colocación sistemática de las cosas, de modo que cada una ocupe el lugar que le corresponde, no sólo hace al poner cada objeto en su sitio sino también al realizar las actividades en los horarios y tiempos apropiados, valiéndose de reglas para su ejecución.

Cuando el niño es inducido a mantenerse despierto o a dormirse según conveniencia del adulto, éste considera, consciente o inconscientemente, su propia comodidad y no lo que el hijo necesita, obviamente, no pensando en él… Y lo mismo ocurre en cuanto a los momentos del día en que se come.

Muchas veces nos preguntamos por qué los niños tienen las dificultades que tienen y, realmente, basta detenerse a observar cómo viven para comprobar que, muchas veces, lo que les sucede es una consecuencia “lógica” de ese modo de vida. Nada más.

Un hijo no se trae al mundo para darle, improvisadamente, el tiempo que a los padres les sobra sino para brindarle, ordenadamente, el tiempo que necesita y merece para desarrollarse y ser feliz.

Si el niño no crece en el aprendizaje de comer y dormir a la hora debida para él, poco podrá hacer más adelante para adaptarse a estructuras dentro de las que deba funcionar adecuándose a tiempos específicos. Es hora de darnos cuenta que sólo el arraigo de buenos hábitos augura un desenvolvimiento eficaz, conduciendo al niño a logros exitosos en todos sus niveles de acción.

 

(*) Psicopedagoga. Mat.Nº279.L.I.F.8 

 

 

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